Entras a la casa de tus tíos. Los saludas uno a uno: María, Pepe, Jesús, Lela. Acaricias el lomo de la gata rubia, que esta vez no puede mostrar su colección de presas. La barandilla de la escalera y unos tablones del pasillo indican que los pasos subsisten, hay huellas de calzado, de un trajín lento y espacioso. Vas a las habitaciones, vuelve a sorprenderte que en el salón estén dos camas donde duermen María y Manuela. Como María es invidente, lo tiene todo más cerca y a su hermana para ayudarla cada día. También ahí está el comedor de los invitados. Cuando hay fiesta, esas camas lucen las mantas bordadas con tigres y osos que el sobrino, el hijo de Ramón, trajo de África cuando hizo el servicio militar. El comedor vibra esos días. María sonríe mientras Lela y su cuñada y quizás alguna otra vecina del pueblo se afanan entre la cocina y la estancia para que no falte detalle. La comida viene del horno de leña: hay olores, colores, disfr...
5 de octubre de 2022 La roca de hoy, inmóvil. Su peso presagia el llanto. Mientras las lágrimas aguardan en el tráfico de la mañana, hace todo lo que le dijeron que hay que hacer: levantarse, caminar hasta el aseo, lavarse. Abre la nevera; mira la comida y también recuerda que está ahí para que intente, al menos, engullirla. El peso comienza a arrastrarla. Toma una pera y la mira. Sabe que debe quitarle la piel, quizá rebanarla y comerla. Lo hace. No la saborea, pero no pierde la ocasión de ingerir más cosas y, si puede, otro poco más. Piensa en desorden y se obliga a hablar, felicitándose: «Aún no me ha aplastado, puede que no avance, pero no acaba conmigo». Y se acuerda de nuevo, siempre recuerda, que no han transcurrido sus primeros veinte minutos del día. «No cantes victoria», se dice ahora, muy bajo. No puede, no quiere evitarlo. Llora otro poco. Entonces, como si el dinosaurio del relato más breve se interpusiera entre ella y la vida, le habla, le ruega que levante la co...
29 de marzo de 2024 Sales, llueve. Llueve y sales, sin más. Con los pasos lentos en soledad, recuerdas. Y si recuerdas, quieres llorar. Como el recuerdo a veces fluctúa entre la melancolía, la evocación y la rabia, se genera una infeliz argamasa que desborda el adentro. Así ocurre con algunos, no te explicas cómo hay otros que no usan las lágrimas. El asunto es el sitio. Buscas soledad. En casa no puedes, los testigos se inquietan. La ducha es muy breve ante posibles complicaciones: a veces los sollozos son irresistibles, u ocurre el alargamiento de un proceso que, como todo lo que rodea a las emociones, no debería programarse. La almohada te deja sin respiración (a ver, que es un desahogo, no el suicidio). En un parque, la gente… Por increíble que parezca, encuentras el banco perfecto, el metro de césped ideal, el tronco grande que te abraza y aparece el perro, a continuación el dueño, que te mira, te mira y hasta hace un amago por preguntar si estás bien. S...
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