Entras a la casa de tus tíos. Los saludas uno a uno: María, Pepe, Jesús, Lela. Acaricias el lomo de la gata rubia, que esta vez no puede mostrar su colección de presas. La barandilla de la escalera y unos tablones del pasillo indican que los pasos subsisten, hay huellas de calzado, de un trajín lento y espacioso. Vas a las habitaciones, vuelve a sorprenderte que en el salón estén dos camas donde duermen María y Manuela. Como María es invidente, lo tiene todo más cerca y a su hermana para ayudarla cada día. También ahí está el comedor de los invitados. Cuando hay fiesta, esas camas lucen las mantas bordadas con tigres y osos que el sobrino, el hijo de Ramón, trajo de África cuando hizo el servicio militar. El comedor vibra esos días. María sonríe mientras Lela y su cuñada y quizás alguna otra vecina del pueblo se afanan entre la cocina y la estancia para que no falte detalle. La comida viene del horno de leña: hay olores, colores, disfr...
Hay que leer, me insisto. Es una obligación para quienes conocen la diferencia entre hacerlo o no. Esa diferencia se transforma en distancia insuperable cuando, además, se pretende escribir. Funciona, veo la imagen unida a mi cabeza, como un enchufe. Palabras que entran, palabras que salen. En el camino, esa palabras dejan vitaminas: amplían pensamientos, los estiran, aportan; mueven sedimentos; liberan toxinas; modifican expectativas. Pero también me he dicho que nadie tiene que leer. Ni estar obligado a hacerlo si no conoce «esa» diferencia, si no hay necesidades creadas. A veces entro a cualquier peluquería. No importan los resultados. Este septiembre fui a una desconocida; mientras el chico cortaba, hablábamos un poco, lo educadamente viable en tal situación. Me preguntó a qué me dedico, contesté que estoy vinculada a los libros. Entonces, sin ningún tipo de vergüenza, con una tranquilidad que me dejó sin reacción, me dijo: «Nunca he leído un ...
30 de abril de 2023 Hace días encontré en mi sumidero de noticias que una nutria del parque al que fui en otra vida sufría de soledad y malas condiciones. Parece que sus chillidos de queja se oían y causaban compasión a los viandantes. Contesté al tuitero: «Duele». Supe que fue rescatada y tal vez recibió mejor trato. Poco después, una mujer escribió que durante su visita a la tumba de un familiar vio a un niño de nueve años que le pidió sábanas y comida. La madre lo había abandonado para emigrar a Colombia. Lo dejó solo, y él, con hambre, con lo que hizo falta para que un niño de nueve años decidiera huir de su abandono (soledad y malas condiciones), se marchó al cementerio. Ahí, al menos, habría gente que pudiera auxiliarle. Eso pensó, creo que con buen criterio, porque si alguien va al cementerio a llorar a sus muertos quizá disponga de alguna lágrima para los vivos. No contesté a la tuitera. No le dije «duele». En esta tabla rasa en la que se ha transformado la vida occidental, la ...
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