5 de octubre de 2022 La roca de hoy, inmóvil. Su peso presagia el llanto. Mientras las lágrimas aguardan en el tráfico de la mañana, hace todo lo que le dijeron que hay que hacer: levantarse, caminar hasta el aseo, lavarse. Abre la nevera; mira la comida y también recuerda que está ahí para que intente, al menos, engullirla. El peso comienza a arrastrarla. Toma una pera y la mira. Sabe que debe quitarle la piel, quizá rebanarla y comerla. Lo hace. No la saborea, pero no pierde la ocasión de ingerir más cosas y, si puede, otro poco más. Piensa en desorden y se obliga a hablar, felicitándose: «Aún no me ha aplastado, puede que no avance, pero no acaba conmigo». Y se acuerda de nuevo, siempre recuerda, que no han transcurrido sus primeros veinte minutos del día. «No cantes victoria», se dice ahora, muy bajo. No puede, no quiere evitarlo. Llora otro poco. Entonces, como si el dinosaurio del relato más breve se interpusiera entre ella y la vida, le habla, le ruega que levante la co...
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